La luna estaba zurcida al techo, al igual que las estrellas . Ella se encontraba de pié en un claro del monte rodeada por árboles de acolchada corteza  y  hierba hecha con finos hilos de lana .

La primera vez que Mónica se tumbó sobre el suelo sintió una placentera sensación de relax, frotó suavemente su cara contra el suelo,  disfrutando de aquel sentimiento que la hacía sentirse tan a gusto. Hizo lo mismo con el resto de su desnudo cuerpo, retozando en la hierba artificial como si fuera una serpiente que se arrastra y gira sobre si misma, hasta quedar dormida boca arriba cansada tras un breve momento de éxtasis.

Pero todo sueño nocturno termina por desaparecer a la luz natural, la luna zurcida al techo, no lo estaba, al igual que las estrellas; Simples focos, la hierba era tan solo el pelo alborotado de su cabeza, que al tumbarse boca abajo se interponía entre su cara y el suelo y no estaba desnuda, se encontraba con un traje de color claro que la impedía mover los brazos a su antojo.

Mónica, se levantó y empezó a chillar y a chocar contra las paredes acolchadas, pues alguien la había llevado a un sitio que no la gustaba nada, ella quería volver a la pradera de hilos de lana, quería estar durmiendo a los pies de los árboles de blanda corteza y donde las estrellas de trapo tienen la misma intensidad luminosa que las de verdad. Al poco tiempo aparecieron un par de hombres que la sujetaron con fuerza mientras la inyectaban una droga para que se calmase.

Ahora Mónica se sentía bien, ya que aunque no tenía a sus pies la hierba de la pasada noche, la sensación de andar por las nubes, siempre será mejor.