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La mejor descripción que recuerdo haber leido

Yo me encontraba en 4º de E.G.B. en clase de “lengua” cansado tras jugar al rascataliebre (juego del que hablaré en un post futuro, al cual siempre jugábamos en Vilviestre después de comer y antes de entrar a clase), dentro de unas aulas construidas en la época franquista, con una estética que he visto después en muchos sitios, fachadas de ladrillo rojo y grandes ventanales. El libro de texto de la asignatura había sido heredado, ya que antes los libros se iban heredando no entre hermanos, si no que los libros pertenecían a la escuela y luego se los prestaba a los alumnos, el mismo, tenía restaurada la parte del lomo con una tela que habían puesto mis padres para que las hojas no se me extraviasen debido al desgaste que causa el haber pasado por las manos de varios chavales de menos de 10 años, el profesor que teníamos era Don Primi, profesor de la vieja escuela, el cual para enseñarnos a vocalizar decía que nos fijásemos en como expulsaba en humo por la boca mientras se fumaba el cigarro.

Aquel día tocaba lectura, pero no nos tocó una lectura cualquiera, nos tocó uno de los clásicos en lengua castellana, con todas sus palabrejas, si raras pueden parecernos ahora, mas nos parecían a esos años. Todos los alumnos teníamos que leer, pero ese día no iba a ser como todos, ese día tocaría a mis compañeros quedarse después de clase para leer el texto entero y no se irían hasta haberlo leído correctamente, yo tuve suerte, me tocó leer el último dentro de las horas de clase, por lo que ya había interiorizado todas aquellas palabrejas, me las había repetido tantas veces que todavía y tras el paso de los años sigo recordando muchas de sus líneas. Ese día no me gané mucho la simpatía de mis compañeros ya que fui el único que no se quedó a hacer horas extras pero recuerdo aquel día por haber sido el día que leí una de las mejores descripciones que recuerdo. Años después pude leer el libro entero movido por la curiosidad que había dejado en mí ese texto visto en 4º de E.G.B. ¿y cuál era el texto? pues ni mas ni menos que un capítulo de “Historia de la vida del Buscón ” De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel”, os dejo con un extracto, si queréis leerlo entero pinchad aquí

Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo no hay mas que decir para quien se sabe el refrán -ni gato ni pelo de aquella color- (esta parte aparecía en mi libro pero no la he encontrado en mas sitios), los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria

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